Me
emocioné.
Nos turbó a todos. No tenía ni 20 años, pero pidió el micrófono como si
fuera
su último suspiro. Dedicó el “Premio a la Igualdad” a su madre, que ese
mismo Día
de la Mujer Trabajadora cumplía el X Aniversario de su fallecimiento.
Tras
exclamar lo mucho que la echaba de menos, no le tembló la voz cuando
anunció
que era víctima de malos tratos, envolviendo su vida de dolor y llanto. Y
justo
cuando estábamos ya sumergidos en su mundo, compartiendo con ella su
tragedia y
sus sentimientos, nos infringió un latigazo contra la hipocresía. Lo
expresó
con sus palabras, sin ningún tipo de acritud, manteniendo la serenidad y
la
mirada clara, como yo no sé contarlo. Sin pretender aconsejar a nadie,
nos lo trasladó para salvarnos, no para condenarnos. Nos recordó que no
se puede mirar
para otro lado ni pasar página al instante cuando se produce un episodio
de
violencia de género. Quince al día en la Región de Murcia. A
continuación miró hacia los más jóvenes,
donde podría encuadrarse ella perfectamente si no fuera porque los
golpes cercenaron
su infancia y adolescencia. Animó a los colegiales a construir una nueva
sociedad
más igualitaria y menos condescendiente con los maltratadores, mientras
los más
mayores no dábamos crédito por su entereza y valentía. Aún continúo oyéndola y, desgraciadamente,
no es mi
musa. Es tan real como que estas líneas iban a hablar de política y del Murcia, pero me pareció que no podía
desaprovechar el espacio.
NOS QUEDA LA
PALABRA / Publicado en La Opinión de Murcia el 7 de marzo de 2014.
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