domingo, 21 de diciembre de 2014

Feliz inanidad
Debe ser la Navidad, donde, salvo alguna cosa como el turrón duro, todo se ablanda. Mi corazón, que no es tan grande como el del camarero de la lotería, no puede por menos que reconocer el mérito y la gran labor del Gobierno. Y no lo digo porque el caviar, la langosta y el cava vayan a correr por las mesas liberadas de la crisis, tal y como nos anunció el que ha montado este belén.  Sin duda, la inanidad, cuando no la inquina, de los que nos gobiernan nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos. Gracias a nuestro inquilino de la Moncloa son cada vez más numerosos los que sienten, a flor de piel, el célebre “vuelve a casa por Navidad”;  pues son miles de jóvenes los que han tenido que coger la maleta para encontrar un futuro. Estamos ante el culmen de la celebración de la solidaridad familiar y ciudadana. Sin el aliento de los más cercanos y de las personas más comprometidas; los golpes de la reforma laboral y de los recortes en educación,  sanidad y servicios sociales hubieran partido aún más este país en dos, condenando a la inmensa mayoría a la pobreza. La desigualdad es el menú indigesto que nos ocultan y que sólo los lazos más sólidos son capaces de resistir. Aún sin leña en el hogar, bastará el calor o el recuerdo de nuestros padres y familiares para  subsistir y esbozar una sonrisa de felicidad, que nadie nos va a sustraer. Será suficiente  con una palabra amable, un beso, una mano cogida, un sabor de antaño y el reflejo eterno de nuestros progenitores para alcanzar un momento mágico de paz arrancada a la más negra actualidad. Habrá que hacer un sitio al puto móvil, pero eso es otra historia. Igual que las postales navideñas que no cesan de enviarse, con franqueo a nuestra cuenta, la empresa concesionaria de nuestro afamado aeropuerto y el Gobierno regional. Pero eso es más propio de carnaval y ahora toca disfrutar de estos entrañables días. Gracias Mariano.

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