domingo, 2 de noviembre de 2014

Doblan las campanas
A falta de cortar cintas no está de más seccionar cabezas. Unir el dulzor de  la sangre al sumidero para aplacar al pueblo ante la inminente llamada a las urnas. Robespierre lo tenía claro. La ausencia de inauguraciones, antes gozosa víspera electoral, y la imposibilidad de vender nuevas promesas han fructificado en una pelea sobre quién maneja mejor la guadaña como instrumento de limpieza. El tañer de las campanas de las iglesias, que anuncian cambios que calientan la campaña, parece resucitar a los ahora paladines de la honrada gestión pública que, a trompicones, no acaban de acometer la batalla definitiva porque todo se convertiría en un erial tras el harakiri. Intentan que la madera de sus espadas refulja como el acero. Aunque sólo les guía el populismo, el insulto preferido que profieren al contrario, no está claro que, por mucha crueldad o bondad que se aplique en la lucha contra la putrefacción, tenga gran efecto sobre los votos. El inicio de la era moderna supuso el desembarco de las clases medias en las instituciones, que ahora guardan pleitesía al dedo que les empleó,  tal y como se demuestra cuatrienalmente en numerosas localidades de la Región, donde los alcaldes con procesos abiertos son los que logran recaudar más votos. Sólo las encuestas desfavorables han movido la foto fija, pero nadie se plantea remover todo el sistema para, comenzando desde la educación, derribar el juego sucio vital que  premia el fin sin atrancar con los medios. Atajos que utilizan el dinero público y el “laissez faire” que enarbola el liberalismo para ahondar en la desigualdad. Porque corrupción y desigualdad son las dos caras de la misma moneda, tal y como afirma Nick Hanauer, un multimillonario norteamericano que advierte a sus iguales que si no existe regeneración y se tapona la brecha social surgirán cadalsos en las plazas públicas.

NOS QUEDA LA PALABRA / La Opinión de Murcia 1 de noviembre de 2014

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