Doblan las
campanas
A falta de cortar cintas no está de más seccionar
cabezas. Unir el dulzor de la sangre al
sumidero para aplacar al pueblo ante la inminente llamada a las urnas.
Robespierre lo tenía claro. La ausencia de inauguraciones, antes gozosa víspera
electoral, y la imposibilidad de vender nuevas promesas han fructificado en una
pelea sobre quién maneja mejor la guadaña como instrumento de limpieza. El
tañer de las campanas de las iglesias, que anuncian cambios que calientan la
campaña, parece resucitar a los ahora paladines de la honrada gestión pública
que, a trompicones, no acaban de acometer la batalla definitiva porque todo se convertiría
en un erial tras el harakiri. Intentan que la madera de sus espadas refulja
como el acero. Aunque sólo les guía el populismo, el insulto preferido que
profieren al contrario, no está claro que, por mucha crueldad o bondad que se
aplique en la lucha contra la putrefacción, tenga gran efecto sobre los votos.
El inicio de la era moderna supuso el desembarco de las clases medias en las
instituciones, que ahora guardan pleitesía al dedo que les empleó, tal y como se demuestra cuatrienalmente en
numerosas localidades de la Región, donde los alcaldes con procesos abiertos
son los que logran recaudar más votos. Sólo las encuestas desfavorables han
movido la foto fija, pero nadie se plantea remover todo el sistema para,
comenzando desde la educación, derribar el juego sucio vital que premia el fin sin atrancar con los medios. Atajos
que utilizan el dinero público y el “laissez
faire” que enarbola el liberalismo para ahondar en la desigualdad. Porque
corrupción y desigualdad son las dos caras de la misma moneda, tal y como afirma
Nick Hanauer, un multimillonario norteamericano que advierte a sus iguales que
si no existe regeneración y se tapona la brecha social surgirán cadalsos en las
plazas públicas.
NOS QUEDA LA PALABRA / La Opinión de Murcia 1 de noviembre de 2014
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