Allons enfants
En 1789 una
fuerte crisis económica y de valores abre la era contemporánea. Las malas cosechas y el alto gasto del Estado,
financiado tan sólo por las clases más populares pues la aristocracia y la
iglesia estaban exentas de pagar impuestos, castigan, como en todas las épocas
de vacas flacas, a los de abajo. A ello se une el desprestigio de las principales instituciones,
entonces la monarquía absolutista y la siempre absoluta iglesia; y la irrupción
de una clase media que reclamaba poder político bajo el lema de “libertad, igualdad
y fraternidad”. Un siglo después, el incumplimiento de la promesa de mayor
igualdad social germinó en el nacimiento del comunismo entre el proletariado y,
posteriormente, en la aparición de los totalitarismos con la ayuda de la
siempre temerosa burguesía. Hoy, como ayer, el descrédito de los que nos gobiernan
por, principalmente, la corrupción, sean monarquía o república; la pérdida de
todo valor que no se mida en cifras y, ante todo, la terrible crisis ha
agrandado hasta tal punto la desigualdad, la brecha entre ricos y pobres, que
la clase media está a punto de fenecer. Obligada por la ineptitud de los políticos
que dicen situarse en el centro, que han derivado en egocentrismo porque tan sólo
atienden a sus intereses particulares, empujan a la inmensa mayoría a debatirse
de nuevo entre la reivindicación del viejo lema o la defenestración del mismo. Mientras el denominado medio político recupera la virtud, que diría Aristóteles, el medio social debemos tomar la bandera del progreso, pues malo
sería que los paladines de la represión, la desigualdad y la
xenofobia comandaran el final de los tiempos.
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