viernes, 30 de mayo de 2014

Allons enfants
En 1789 una fuerte crisis económica y de valores abre la era contemporánea.  Las malas cosechas y el alto gasto del Estado, financiado tan sólo por las clases más populares pues la aristocracia y la iglesia estaban exentas de pagar impuestos, castigan, como en todas las épocas de vacas flacas, a los de abajo. A ello se une el  desprestigio de las principales instituciones, entonces la monarquía absolutista y la siempre absoluta iglesia; y la irrupción de una clase media que reclamaba poder político bajo el lema de “libertad, igualdad y fraternidad”. Un siglo después, el incumplimiento de la promesa de mayor igualdad social germinó en el nacimiento del comunismo entre el proletariado y, posteriormente, en la aparición de los totalitarismos con la ayuda de la siempre temerosa burguesía. Hoy, como ayer, el descrédito de los que nos gobiernan por, principalmente, la corrupción, sean monarquía o república; la pérdida de todo valor que no se mida en cifras y, ante todo, la terrible crisis ha agrandado hasta tal punto la desigualdad, la brecha entre ricos y pobres, que la clase media está a punto de fenecer. Obligada por la ineptitud de los políticos que dicen situarse en el centro, que han derivado en egocentrismo porque tan sólo atienden a sus intereses particulares, empujan a la inmensa mayoría a debatirse de nuevo entre la reivindicación del viejo lema o la defenestración del mismo. Mientras el denominado medio político recupera la virtud, que diría Aristóteles, el medio social debemos tomar la bandera del progreso, pues malo sería que los paladines de la represión, la desigualdad y la xenofobia comandaran el final de los tiempos.

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